CARTAGENA DE INDIAS

¿Por qué debería ir?

Playas tan alegres de día como de amanecida son el anzuelo moderno de la vieja ciudad. Dentro de las murallas, entre recuerdos de piratas y de la Inquisición, en palacios coloniales y enormes casas, aún podemos sentirnos como en la época de los mercados de negros. Por lo que conserva y lo que fue, Cartagena es Patrimonio de la Humanidad; y gracias a García Márquez, patrimonio de la literatura universal. El escritor tiene una gran casa frente al palacio donde una marquesita fuera protagonista atormentada de su obra Del amor y otros demonios. Ahora el palacio colonial es el romántico Hotel Santa Clara. Si nos alejamos un poco de la ciudad, llegaremos a Monpox, que pareciera llevarnos a los misterios de Macondo, orillando el gran río Magdalena. Un emocionante escenario de otros tiempos, que en Semana Santa regresa a la Edad Media. Las islas del Rosario, en cambio, nos llevan a los modernos sueños de las playas de coral. El tibio menú de Cartagena y su vecindario promete alegrías para mucho tiempo, sin olvidar el descanso bajo el sol en una preciosa hamaca de San Jacinto.

No se lo pierda!

Huellas de García Márquez.

Los que no ven diferencias entre la literatura y la vida, pueden recorrer las partes amuralladas de Cartagena con las novelas de García Márquez recién leídas. Especialmente Del amor y otros demonios, 1994, El amor en los tiempos del cólera, 1985, y sus memorias Vivir para contarla, 2002. El escritor se siente a sus anchas aquí. Hay que concluir el recorrido refugiándose en un convento de 1595 convertido hace poco en el lujoso Hotel Santa Clara. La novela Del amor y otros demonios se inicia con un hecho histórico ocurrido en la cripta de la capilla de Santa Clara, hoy convertido en bar de tarde, con decoración filibustera. En su interior hay pozos, balas de cañón que sujetan las puertas, piezas barrocas, confesionarios y otros elementos antiguos en medio de modernísimas comodidades. Esta remodelación ha sido premiada por la Sociedad Colombiana de Arquitectos. Al frente, García Márquez compró y restauró una casona de varios miles de metros. De acuerdo con su novela, la rubia marquesita Sierva Maria, de 12 años, sufrió en las celdas de ese convento. Ahora, el hotel se dedica a dar placer, por 200 dólares diarios o más. Calle del Torno, barrio de San Diego.

El Corralito de Piedra.

En este amurallado espacio de 100 kilómetros cuadrados, García Márquez tiene su casona. Representa la esencia de la ciudad, a pesar del nombre casi inocente de Corralito de Piedra que le ha dado la gente. Dice un estudio de la colombiana Universidad de los Andes: Era un puerto cosmopolita, abigarrado, cruel y codicioso. Comerciantes, aventureros, capitanes de barco, funcionarios, curas y una sociedad puntillosa y presumida, se entienden en el español andaluz o de canarias, en flamenco o en portugués. Los negros esclavos comparten sus penas en dialectos africanos y toques de tambora con cimarrones evadidos en los Palenques. La ciudad amurallada de Cartagena de Indias tiene las más grandes fortificaciones del subcontinente sudamericano. Gracias a sus fortines, fuertes y lienzos de murallas es Patrimonio de la Humanidad desde 1986. Como tantas veces ocurre, algunos de los méritos que se ostentan son en parte mérito del tamaño de sus adversarios. En este caso, si la ciudad llegó a tener récordes fortificados, no es posible ignorar que las murallas se hicieron para enfrentar a enemigos corajudos y sin límites en su ambición: Drake, Hawkins, Coté, Baal y otros navegantes que saqueaban al servicio de los enemigos de España, la gran potencia de entonces. A Cartagena se traía gran parte de las riquezas mineras de América, para luego transportarlas, en convoy, hasta Sevilla. Tenía puerto protegido de los vientos, y buenas condiciones para defenderse. Sufrió 18 ataques de envergadura, a veces con resultados desastrosos. Poco a poco, a lo largo de dos siglos, se fue transformando en un puercoespín artillado, y hasta los reyes se quejaban en Sevilla de tantos gastos para protegerla. Dentro de las murallas hay 75 manzanas con palacetes, mansiones coloniales, iglesias, barrios de negros y pobres, como Getsemaní. Las casas de los españoles tenían construidos de 3 a 5 mil metros, en forma normal, ocupando una manzana. Algunos se quejan hoy de que los trabajos de conservación realizados desde 1970 en parte de la ciudad vieja la han dejado pintoresca en exceso, y la comparan con un parque temático de la colonia y los filibusteros. Exageración, sin duda, pues lo que se ha hecho es devolverle los colores originales a las casas, que modas contemporáneas habían dejado uniformemente blancas. En la Colonia eran rojas, ocres o azules. Esos colores relucen hoy en los barrios del Centro y de San Diego. Dentro de las murallas están los principales edificios y barrios históricos: el barroco y temible Palacio de la Inquisición; la Catedral, concluida en 1612; el templo de San Pedro de Calver, obra jesuita del XVIII; Santo Domingo, el más antiguo de todos; la ambicionada casa del marqués de Valdehoyos, esclavista y comerciante; un sector de Getsemaní, el barrio de negros, hoy de la gente más popular de la ciudad, lleno de vida, que nos recuerda a la cubana Trinidad; el parque o plaza de Bolívar, su principal área verde. En algunos sectores, las casas son muy angostas y muy altas, como en la Edad Media europea. Para tomar una idea de los músculos que tenía esta ciudad, debemos decir que las murallas tenían, en total, 11 kilómetros de largo y 15 kilómetros de grosor…

Palacio de la Inquisición.

Luce un portal barroco, donde los visitantes suelen fotografiarse. Hasta los días de la Independencia tenía cuarteles del Inquisidor y la cámara donde se torturaba a quienes se desviaban el camino. Hoy es sede del Museo Arqueológico.

Castillo de San Felipe.

Uno de los principales atractivos de la ciudad. Defendía la única entrada al fuerte que estaba en tierra. Tuvo 63 cañones. Es la obra más extraordinaria y de mayores dimensiones de la ingeniería militar española en América. La fortaleza cubre la totalidad del cerro sobre el que se alza.

Monpox, casi Macondo.

Algunos han visto en este pueblo del valle del río Magdalena ciertos rasgos de Macondo, el pueblo que inventara o reinventara García Márquez. Parece el escenario de su novela Amor en los tiempos del cólera, donde Fermina Daza y Florentino Ariza recorren el río sin tocar tierra para vivir su pasión. Es ciudad señorial, espléndidamente conservada. Se halla a unos 250 kilómetros de Cartagena. Tuvo el rango de primer puerto fluvial y principal sitio de distribución del comercio hacia el interior del país, pero el Magdalena cambió su curso, y la ciudad quedó suspendida en el tiempo. Hay hotel y se consiguen artesanías en filigrana de oro. Exige un corto vuelo en avioneta o unas tres horas de navegación, saliendo por el canal del Dique. También se puede ir por carretera hasta Magangué, cruzar el río en trasbordador y continuar un breve trecho por tierra. Su Semana Santa es una de las más extraordinarias de América. Los habitantes sacan de sus escondites joyas que tienen siglos, para adornar a los santos que desfilan por sus calles bajo el ritmo de marchas lúgubres. Los nazarenos que cargan por las calles los figuras que representan a la Virgen y el Santo Sepulcro, visitan las siete iglesias coloniales por donde avanzan en grupos de tres. Caen tres veces de rodillas exclamando al unísono: ”¡Jesús, Jesús, Jesús!. La procesión se inicia casi entrada la noche, para evitar el intenso calor tropical. Dura cerca de 10 horas. Diez horas en que los nazarenos mecen las imágenes sagradas sobre sus hombros de lado a lado y hacia atrás y hacia delante. Santa Cruz de Monpox es Patrimonio de la Humanidad. Debería ser monumento a la fe.

Plaza de la Aduana.

Fue el núcleo originario de la ciudad, y sigue siendo el principal escenario de la vida cartagenera. A su alrededor se localizan algunas de las obras públicas más sobresalientes: la puerta y torre del Reloj, el edificio de la alcaldía (antigua aduana), la iglesia de San Pedro Claver (en la que reposan los restos de un santo defensor de los esclavos) y el muelle de los Pegasos, donde pueden contemplarse embarcaciones tradicionales y modernas.

Casonas coloniales.

Tienen rasgos distintos a los de las construcciones españolas de entonces: portada de piedra o ladrillo estilo toscano o dórico, madera en lugar de mármol en las balaustradas, balcones de troncos de guayacán, techumbres en que se juntan la teja criolla y la influencia árabe de Andalucía. No eran blancas, como se las conociera por mucho tiempo, al igual que todas las ciudades coloniales colombianas. Se descubrió en 1970, por alumnos de la Universidad de los Andes, que eran rojas, azules, ocres, y para eso fue suficiente raspar las fachadas. Eso se está recuperando, y Cartagena gana en alegría cada día, al desaparecer la pintura de cal. Ya no son San Diego o el Centro los barrios escogidos por quienes viven en situaciones de privilegio. Ahora habitan en Manga, en el moderno Castillogrande (sic).

Dónde se ubica

Es una ciudad muy aislada respecto de casi todas las ciudades de importancia alta o media de Colombia. Las más próximas son Barranquilla (115 kilómetros), Valledupar (240) y Santa Marta. Es más vecina de Venezuela y del istmo de Panamá que de las grandes ciudades de su país. De Bogotá se encuentra a 1.090 kilómetros, y de Cali, a 1.099. La ciudad se levanta en dos islas arenosas del Pacífico caribe, hoy soldadas al continente. En su origen, el territorio de Cartagena tenía al Noroeste el mar abierto; al Este, marismas o aguas poco profundas, y lagunas; y al Sur, un lodo pantanoso (la península de Bocagrande) y una bahía interior, llamada de las Ánimas, que se abre sobre una segunda bahía mucho más amplia, llamada bahía de Cartagena. En la Colonia, como vemos, había muchos flancos por proteger. Pero estas islas de arena no sólo fueron pegadas al continente, sino que hace un siglo absorbieron una isla menor situada en la bahía, llamada Tierrabomba, ahora accesible por puentes. La islita tiene entre otros barrios el del puerto y el de Manga, famoso por su área hotelera y sus mansiones, a donde llegó el buque escuela Jean d’Arc en el 2004. Aquí viven hoy los millonarios cartageneros, olvidados de las disputas con Francia en la época colonial. También se halla en la isla el fuerte de San Sebastián del Pastelillo, parcialmente restaurado.

Su clima

Tiene 300 días de sol al año, y casi no sabe de estaciones. En octubre, sin embargo, el clima es un horno, con un elevado porcentaje de humedad y un máximo de lluvias. La temperatura anual más baja ronda los 22º C; y la más alta, los 35º C. Los alisios soplan de diciembre a abril, y en consecuencia, el periodo ideal para las actividades acuáticas, por sus aguas tranquilas, va de junio y noviembre. Los turistas aumentan de octubre a mayo, y notoriamente entre el 1 de enero y el 31 de marzo. Quienes viajen entre junio y noviembre, deben echar impermeable en la maleta.
El clima es tropical húmedo, con una humedad que por lo general supera el 90 por ciento. Hay que llevar ropa ligera, sin importar la época del año. Para los que vengan de un clima mediterráneo, Cartagena parece tener una sola estación: calurosa húmeda.

Dónde comer rico

No estamos en una gran plaza gastronómica, ni tampoco barata. Los tradicionalistas cartageneros empiezan a echar de menos algunos platos que sólo encuentran en muy escasos restaurantes, y casi siempre en los puestos de las calles o el mercado la Matuna, dentro del Corralito. Son el llamado kiper de trigo, las carimañolas (empanaditas de yuca), las arepas de harina de maíz y huevo y otras flores del sartén regional. El rey es el marisco. También sobresalen las langostas, las ostras en las ostrerías.

Son recomendables aquellos lugares públicos que se sitúan en las plazas, rodeados de grandes espacios verdes y edificios característicos de la ciudad. Algunos de los platos autóctonos más conocidos son las arepas de huevo, las carimañolas, las butifarras, el higadote, el arroz con coco y frutos del mar, y el mote de queso. Por supuesto que abundan los hechos a base de pescados y carnes especiales.

Las mejores zonas para el almuerzo son El Laguito y Bocagrande, llenos de restaurantes de todos los precios, cafeterías, heladerías y quioscos. Las pizzerias y los locales con el menú del día, más barato, abundan en la Av. San Martín. Quien prefiera lo cartagenero puro tiene que acercarse al muelle de los Pegasos, donde hay muchos puestos callejeros confiables y más baratos: frituras o fritangas, mariscos, cebiche, plátano verde frito o patacones, tortas cocidas de huevo y maíz rellenas de carne o de queso (arepas). En el centro histórico, por el barrio de San Diego, alternan las tabernas populares con los restaurantes de mejor calidad, mientras que en la plaza de los Coches, bajo los portales, hay abundancia de locales muy populares. En el Portal de los Dulces, los golosos pueden aprender más de la repostería colombiana. Se halla en la misma plaza de los Coches, que fuera ayer el gran mercado de esclavos.

La parte amurallada, el Corralito, no es turística en materia de comidas, pero allí funcionan algunos de los restaurantes más baratos, como Novedades del Tejadillo, en calle Tejadillo; El Niño, en calle Media Luna; Silverado, en calle Montillo. Para los de precio medio, también hay soluciones dentro del Corralito, en el mercado de La Matuna. Vea La Tinaja (junto al hotel Montecarlo) y el Café-Galería Abaloa, en calle Espíritu Santo 29-200, que hasta tiene buena música. En la calle 24 del popular Getsemaní veremos algunas cafeterías no excesivamente caras, acompañadas de actuaciones y música.

Cartas para exigentes

La Quemada.

Excelente comida de frutos del mar e internacional. Es una taberna-restaurante que imita un bar londinense del siglo XIX. Se hizo para la filmación de Quemada, cuyo protagonista fue Marlon Brando, en los años sesenta. Centro de la Amargura 32A-33.

La Fragata.

Buena comida con frutos del mar, una de las mejores de Colombia. El Cabrero calle Real 41-15. Casa Amarilla, de 1899, frente a las murallas.

Club de Pesca.

Comida gourmet, con productos del mar. Barrio Manga, Fuerte del Pastelillo.

La Escollera de la Marina.

Lujoso, y hace pagar sus lujos. Los que sirven visten, supuestamente, al estilo siglo XVII de Cartagena. Exquisitos mariscos y auténtica comida española. Se recomienda probar el cóctel Escollera. Ocupa amplia casa colonial. Preciosos balcones y muros pintados de rojo colonial. Centro Amurallado, calle San Juan de Dios con Ricaurte 31-24.

La Vitrola.

Internacional y mariscos. Calle Baloco esquina Número 201, Centro histórico.

León de Bavaria.

Restaurante, bar, internet. Calle del Arsenal 10B-65.

Para tomar.

Lo más tradicional es la chicha de maíz, hecha con azúcar en forma de panela. Después de hervir se lo pone a fermentar convirtiéndola en una bebida alcohólica. El ron local es económico, no muy bueno. Mejora como canelazo: mezclado con agua, limón, azúcar y canela. Otros tragos son los preparados con aguardiente. Hay dos clases: anisado o sin anisar. Lo realmente fuera de lo común son los jugos naturales a base de frutas frescas. El más delicioso es el que contiene jugo de mango o de lulo en leche recién preparada. Otros pueden ser guanábana, borojo, níspero, maracuyá, badea y curaba. Hay excelentes combinaciones en los quioscos del muelle de los Pegasos. Vale la pena probar el famoso raspao con leche condensada.

Datos de compras

Hay que averiguar sobre las muy lindas hamacas de San Jacinto (un pueblo vecino), los sombreros Voltiado y Aguadero, los bordados de Cartago, los cestos, mochilas y otros trabajos artesanales. Abundan artesanías en el Conjunto Las Bóvedas (dentro de las murallas), y en la tienda Artesanías de Colombia, dentro del claustro de San Francisco. Quien busque reproducciones precolombinas, en la Galería Cano encontrará buenos trabajos, y cualquiera que piense en esmeraldas, mejor que deje de pensar… Los artículos en cuero pueden ser excelentes. Para compras convencionales, de precios y calidad altos, hay que visitar el Supercentro Los Ejecutivos (Avenida Pedro de Heredia C131 57-106).

Vida nocturna

Al contrario de lo que ocurre en las ciudades europeas, aquí la vida turística nocturna no se desarrolla en la parte más antigua de la ciudad -dentro de la parte amurallada-, sino fuera de ella, con excepción de algunos buenos restaurantes. La movida se hace cerca del mar, junto a las playas de Bocagrande, El Laguito y Castillogrande. El sector hotelero cuenta con servicios de todo tipo, buena gastronomía, casinos, vida nocturna y excelentes comercios. Y ahí en la playa, la vida se incendia. Es inevitable, dijo García Márquez. En Colombia, toda reunión de más de seis, de cualquier clase y a cualquier hora, está condenada a convertirse en baile. Si hay un lugar donde esto resulta más que cierto es en la región del Caribe y, dentro de ella, Cartagena de Indias va a la vanguardia, junto con su casi vecina Barranquilla, la de Carlos Vives y el vallenato, que hasta puede ser más alegre. (Su carnaval fue declarado Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, por la UNESCO).

Introducción a la champeta
La mayoría de las discotecas de Cartagena abren de domingo a domingo, donde los cartageneros de toda edad bailan, cada uno de acuerdo con sus gustos. Cerca de la Torre del Reloj se aglomeran los lugares de baile. O van a bailaderos de música antillana donde reina la salsa, suena el son, se mueven el merengue y el guaguancó. Pero lo que más se baila es la champeta, de la que ellos dicen que es más que un ritmo, un grito de libertad. Es una suerte de cumbia mezclada con vallenato y pasos de salsa. Tal vez sacó su nombre de un cuchillo ligero con que se corta y se limpia el pescado, y es música-terapia para todos los males del alma. Se escuchan baterías, bajos, congas, guitarras eléctricas y sintetizadores. Su historia es nueva. En los años 70 del siglo XX, los marineros y comerciantes empezaron a traer ritmos africanos como el mbquanga, el soukous, el higlife, y otros de islas del Caribe, como el hosca. La champeta se baila abrazado, muy agarrado, sin mover los pies del suelo, con las piernas en una baldosa, entrelazadas, siguiendo con los cuerpos el ritmo. Con pudor o rubor no hay champeta. A veces se hace la cunita, durante la cual la mujer se acuesta sobre el varón, el cual se mantiene con las piernas firmes y abiertas.

Dónde bailarla
La música champeta resulta estridente, tanto que se le compara con los equipos de sonidos de las populares camionetas pick-up, que aquí pronuncian picó. Y picó es el nombre que le dan a sus enormes equipos estáticos usados en las fiestas y discotecas. Para bailarla o verla bailar es bueno ir a locales de larga vida como el Míster Babilla (Arsenal 8B 137, cerca del Centro de Convenciones); Babar (San Juan de Dios esquina Ricaurte); Tu Candela (Plaza de los Coches, en el Portal de los Dulces, del antiguo mercado de esclavos) y La Parranda de Rafael Ricardo (Arsenal, Barrio Getsemaní). También se baila apretadito en La Tienda, isla Grande, la mayor del archipiélago del Rosario. Muchos lugares exclusivos de champeta ni siquiera pueden ser visitados por turistas. Viven la etapa maldita, como alguna vez la tuvo el tango en el Río de la Plata. Ellos son La Roca, Mambasti, Weekend, El Encanto. También la playa de los picós,, llamada La Boquilla, una caleta estruendosa, a 5 mil metros al norte de Cartagena. Algunos de los intérpretes más famosos son El Sayayín, El Afinaíto y Hernán Hernández. El disco La champeta se tomó Colombia, de Sony, puede ser buena introducción al tema antes de partir a Cartagena.

Datos prácticos

La seguridad. Imposible ocultar el temor de muchos, alimentado por las informaciones de prensa reiterativas, que no saben de matices. Definitivamente, son mucho más los miedos que los riesgos reales, que son pocos. Igual es necesario preguntar en terreno sobre las áreas fuera de la ciudad que puedan representar mayor riesgo.

Vacunas.

No es obligatorio vacunarse de nada. Las prevenciones contra la fiebre amarilla o el paludismo sólo son útiles si se viaja a las zonas de endemismos y éste no es el caso de Cartagena. Tampoco es necesario hervir el agua por sistema, ni hay que dejar de acudir a los llamados restaurantes populares por temor a las diarreas u otras afecciones por el estilo. Son confiables tanto como los más lujosos.

Ojo con las heridas.

Cicatrizan más lento en los ambientes húmedos y calurosos; si se vuelven recalcitrantes, vaya a un centro médico, que de enfermedades tropicales lo saben todo, mejor que nadie.

El cartagenero es acogedor, amable e incluso cariñoso con los extranjeros. Puede hasta hacerse sospechoso. Observe bien y pregunte antes de actuar. No hay viaje sin riesgo, ni siquiera en el Vaticano.

Robos y atracos.

Es el problema principal, como en toda ciudad grande y turística. Evite la ostentación y no sea descuidado. Vigile especialmente sus cosas en las aglomeraciones y en los autobuses llenos. Evite paseos nocturnos por zonas solitarias o pobres. Cuando deje plata en el hotel, exija recibo. No cambie dinero en la calle a desconocidos. Los timadores del mercado negro son hábiles para realizar el paquete… chileno y otras argucias.
El aeropuerto internacional Rafael Núñez se encuentra a sólo 10 minutos del centro de la ciudad y a 15 de las áreas hoteleras y turísticas de Bocagrande.

Fiestas

Enero. Feria Taurina.

Enero/febrero. Nuestra Señora de la Candelaria (Patrona de la ciudad).

Marzo. Festival Internacional de Cine.
Festival de Música Caribe.

Marzo/Abril. Feria Náutica.

Junio/Julio. Campeonato Internacional de Vela.
Festival de Verano.

Septiembre. Fiesta de San Pedro Claver.

Concurso Nacional de Belleza.
Giman Cultural.

Diciembre. Festival del Jazz.

Miss Tanga.